SEGUNDO MITO DE LA REGIÓN DEL VAUPÉS sexto
HAY OTRO
MITO MUCHO MAS LARGO SOBRE EL ORIGEN DEL
HOMBRE Y LA MUJER QUE AUN SE OYE EN LA
REGIÓN ORIENTAL DE COLOMBIA, HAY UNA
INMENSA LLANURA, CUBIERTA POR LAS SELVAS QUE SOLO DEJAN PASO AL RÍO VAUPÉS ; ALLÍ TIENEN
ASIENTO LOS TUCANOS, LOS BANIBAS, Y LOS GUANANOS. ELLOS TRANSMITEN ESTA
NARRACIÓN DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN.

Un día los
animales sintieron mucha extrañeza, porque aun cuando el cielo estaba despejado
había un espléndido sol, sin embargo se escuchó el impresionante ruido de los
truenos. Era muy raro lo que sucedía.
¡_Una
tempestad en seco_! Murmuraban los animales,
aterrorizados.
De pronto,
un rayo que surgió con gran violencia se fue directamente contra el cielo y lo
cortó El relámpago le causó una herida al cielo y, de ella corrió una cantidad
de sangre que envolvió la luminosa cinta del rayo y la misma sangre se secó, formando unas costras que, al
día siguiente, cayeron en miles de pedazos sobre la selva, a través de los
follajes de los árboles, y al caer, cada trozo de sangre coagulada se rompía
y, de inmediato, un hombre aparecía.
Tantos
trozos de sangre cayeron que, al anochecer, había en los llanos del Vaupés
miles de hombres que estaban desorientados pues nunca antes habían estado
juntos. Todos miraban con extrañeza el sitio; y decidieron meterse en una
gigantesca caverna. Allí, dispusieron pasar la noche, sin poder dormir.
Al siguiente
amanecer, los indios nacidos de la sangre caída del cielo salieron de la
caverna y, encantados admiraron el sol que aparecía y escucharon complacidos
los trinos de las aves. Vieron con deleite la riqueza de la vegetación las
fuentes y las quebradas cristalinas y la belleza de los jaguares, como se
arrastraban las serpientes y otros habitantes de la selva.
Sin embargo,
estaban recelosos y no eran capaces de aventurarse para hacer un largo
recorrido por la selva que todavía desconocían. Apenas daban uno que otro paso
entre las tupidas plantas y los matorrales. Así, los sorprendió el comienzo de la tarde, con una
desagradable sensación de desánimo y de malestar en sus cuerpos. Entonces,
comprendieron que sus estómagos estaban vacíos y que era necesario calmar el
hombre.
Pero no
encontraban nada que comer y, se sentían poseídos por la desesperación.
El hambre
acentuaba su tormento cada minuto que transcurría. Los indios se echaban de
bruces en los claros de la selva, o bien se sentaban recostados en los troncos
de los árboles y sus rostros retrataban la fatiga y la desesperación.
Uno de los
indios vio unos pájaros que se posaron
en las ramas de un árbol. Y el abrió desmesuradamente sus ojos, cuando
vio que estas comenzaron a picotear unas formas verdes, amarillas redondas que
colgaban de las ramas. Entonces dio un grito para que los demás observaran, y
todos sus compañeros miraron a los pájaros
y también se treparon rápidamente y, con gran entusiasmo, empezaron
arrancar las frutas. De esta manera aprendieron a comer mangos.
Una semana
después, ya podían distinguir todas las frutas comestibles que les brindaba la
naturaleza. Y supieron aprovecharlas para su alimentación, sin que ningún indio
sufriera perjuicios.
También
aprendieron a dormir para recuperar sus
fuerzas, cuando la diosa Daimu, en la segunda noche, les bajo los párpados con
sus dedos Y, también se dieron cuenta
que los ríos y los pozos estaban hechos para asear sus cuerpos y
aprendieron además a fabricar arcos y flechas para cazar animales, cuyas carnes
consumían asadas en el fuego recién descubiertos. Con el paso del tiempo,
conocieron las formas de convivir en paz y como cultivar las tierras.
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